El origen de la incomodidad
Comencé a compartir mi expresión artística con el público a principios de los años 2000, en un momento en el que no tenía del todo claro hacia dónde iba. Más que un plan, había una necesidad: vivir el momento y dejarme atravesar por lo que estaba sucediendo a mi alrededor. Venía soltando poco a poco el mundo del rock ’n’ roll de los 90, mientras seguía trabajando con fotografía análoga y, al mismo tiempo, me adentraba en el universo de la electrónica. Raves, hongos, fiestas clandestinas, DJs, éxtasis, afters, festivales, cámaras digitales… y un movimiento de moda y revistas en Panamá que estaba en pleno apogeo y marcaba el pulso de esa época.
En 2003, de manera inesperada, recibí el Premio Victoria al Mejor Fotógrafo Artístico del Año. Mirándolo hoy, ese reconocimiento llegó en un punto en el que ya venía acumulando experiencias importantes: haber participado en el Primer Festival Erótico de Panamá en 2001, realizado en el Museo Reina Torres de Araúz; formar parte del II Festival de San Felipe en 2002; y ese mismo año, ser seleccionado para Foto Septiembre en el Museo de Arte Contemporáneo de Panamá. No lo sabía entonces, pero todos esos momentos estaban construyendo una base.
Para Foto Septiembre, la inspiración surgió de algo aparentemente simple. En un par de ocasiones vi a un vecino —al que no conocía— usando binoculares desde el balcón de su casa. Nunca supe realmente qué observaba, pero la imagen se me quedó grabada. A partir de ahí empecé a pensar en el morbo que, lo aceptemos o no, todos llevamos dentro: ese impulso por asomarnos a la intimidad ajena, mirar por rendijas, apropiarnos de fragmentos de un mundo privado y, con ellos, inventar historias y personajes en nuestra mente.
La obra se materializó en una serie de 5 cajas de luz colocadas a distintas alturas dentro del espacio expositivo. Algunas obligaban al espectador a agacharse; otras requerían incluso subir una escalera para descubrir qué había en su interior. El acceso a las imágenes no era inmediato: había que mirar a través de rendijas o abrir pequeñas puertas. Me interesaba que el acto de ver no fuera pasivo, sino físico, casi incómodo, y que el espectador se reconociera a sí mismo en ese gesto de espiar, de buscar, de querer ver más.